Racismo energívoro en tierras bajo control del estado chileno

Racismo energívoro en tierras bajo control del estado chileno

Los Estados Latinoamericanos surgen de la violencia racista asociada a la territorialidad de enclave impuesta por la colonización. Un enclave es un territorio que ha sido desligado de sus dinámicas ecológicas y encadenado a las dinámicas globales de acumulación capitalista, se trata de territorios orientados forzosamente a la exportación, donde la naturaleza, incluida la naturaleza humana es tratada como mercancía. Es en los enclaves mineros (oro-plata) y agrícolas (plantaciones de azúcar-algodón-café,) donde se configuran los procesos de racialización, asociados al cautiverio indígena y el secuestro masivo de quienes habitaban lo que hoy conocemos como África. En ese contexto, el racismo legitima la explotación humana que sostiene las estructuras económicas y políticas de la colonización, de hecho, la raza y la clase, operan como dos dimensiones de la opresión, ya que en estas tierras las clases explotadas están racializadas. Este racismo estructural se perpetua con la independencia de las elites criollas y los violentos procesos de expansión territorial mediante los cuales construyeron sus Estados. En el caso chileno, hasta el presente, la soberanía estatal se sostiene en la territorialidad del enclave y la reproducción del racismo, como dispositivo de dominación y control social. En su devenir histórico, el Estado racista chileno transita entre políticas de exterminio y políticas de integración de las poblaciones racializadas. Hay que subrayar, que las políticas de integración conllevan la negación, asimilación o reconocimiento condicionado de esas poblaciones, consideradas como minorías étnico-raciales.

En términos biológicos y genéticos no existen razas humanas. La raza es una categoría social, construida políticamente, que opera clasificando y jerarquizando a los grupos humanos. Siguiendo una lógica evolucionista, grupos que se consideran superiores y tienen el poder suficiente para imponerse, definen a los demás como inferiores o menos evolucionados. En esta perspectiva, cualquier diferencia puede ser naturalizada e interpretada como carencia, deficiencia o error, si consideramos que el racismo ensambla lo biológico a lo cultural, entonces el tono de piel, la textura del cabello, pero también la lengua y las creencias pueden ser consideradas marcas o expresiones de inferioridad. La racialización es un ejercicio de poder que sostiene estructuras de dominación.

Es importante aclarar que nadie nace racista, el racismo se aprende en los procesos de crianza, y en términos más generales, en las dinámicas cotidianas de socialización. En nuestras sociedades estos procesos están, de una u otra manera, controlados por el Estado, que a su vez representa el poder empresarial. También es importante aclarar que el racismo no es solo discurso de odio, el racismo se encarna en las practicas cotidianas, en dinámicas de exclusión social, discriminación y segregación de poblaciones a las que se atribuyen diferencias étnico raciales. La violencia racista opera de mil maneras sobre los cuerpos racializados. Una de esas maneras es el racismo ambiental. Entendemos como racismo ambiental, el conjunto de prácticas sociales que expone a poblaciones históricamente racializadas a daños ambientales focalizados. El racismo ambiental supone una distribución desigual del daño, gestionada desde el supremacismo blanco que controla el Estado y el capital.

En las tierras bajo control del Estado chileno, un ejemplo claro de este fenómeno son los territorios indígenas intervenidos por vertederos domésticos o industriales, desagües o relaves mineros, es decir poblaciones expuestas al desecho tóxico, que es generado por dinámicas de consumo externas, de las cuales están excluidas. Un caso concreto, es el histórico vertedero de Boyeco en las tierras de Wallmapu o el tranque de relaves El Mauro, en las tierras del Choapa. Otro ejemplo es el de poblaciones obligadas a coexistir con industrias contaminantes, como las termoeléctricas en la cuenca del Huasco o las celulosas en la provincia de Arauco. También es una forma de racismo ambiental imponer faenas megamineras en territorios de pueblos andinos como el caso de la Teck en Andacollo, o minera Escondida en Atacama.

Hay un tipo particular de racismo ambiental, que es el racismo energético. En Chile, la implementación de políticas neoliberales de transición energética ha potenciado un nuevo tipo de enclave, los enclaves energéticos. Se trata de territorios intervenidos por la masificación de las ‘mal llamadas’ energías renovables, que han diversificado el negocio extractivista, mientras desplazan comunidades humanas y no humanas. Estos nuevos enclaves, encadenan estas tierras a las dinámicas del capitalismo energívoro global, actualizando nuevas formas de ocupación territorial y colonización. Este colonialismo energético intensifica las violencias racistas. Lo hace directamente, por ejemplo, en las tierras de Freirina, hoy amenazada por la expansión fotovoltaica o el territorio williche de Chiloé, que se resiste a la invasión de proyectos eólicos. Fenómeno que también vemos en las comunidades changas que se resisten a las desaladoras, que se proyectan como soporte hídrico de las mal llamadas renovables, o la resistencia kawésqar al hidrogeno verde en Magallanes. A esto hay que sumar, el acceso desigual a la energía de las poblaciones indígenas, ya sea porque no les llega la transmisión o bien porque los precios son muy altos, ahí lo que vemos es el operar racista, que busca una vez más, sacrificar estos pueblos.

Estas nuevas formas de racismo energívoro, se despliegan paralelamente al avance del fascismo y la actualización del nacionalismo, asociada a las estrategias de rearme del poder gremial del empresariado chileno, tras la revuelta de oktubre de 2019. De hecho, el poder de los gremios se observa en la articulación de la agenda represiva con la agenda de certezas para la inversión, puesta en marcha violentamente por el Estado chileno. Es importante tener presente que, en estas tierras de gran diversidad, los pueblos indígenas y sus re existencias, no son minorías, la única minoría realmente existente es la élite empresarial.

Ely Jiménez Cortés

Colectivo El Kintral

Recibido el 17 de marzo de 2026