Las fronteras de la salud

“No hay que temer a nada en la vida, solo hay que comprender”

Marie Curie

 

 

La medicina salva vidas y aumenta el bienestar de muchas personas ante los problemas de salud. Existe, en cambio, un terreno resbaladizo, que es el que pisamos cuando la medicina interviene en situaciones en las que no debería intervenir. Situaciones en las que la medicina, paradójicamente, se convierte en el problema. ¿Por qué en ocasiones la vida cotidiana, los problemas cotidianos, las incertidumbres diarias, la normalidad al fin y al cabo, se convierten en un terreno para el diagnóstico, la patologización o la medicación?

 

Quizá se podrían destacar tres factores. En primer lugar está la fantasía de la invulnerabilidad. La sociedad occidental tiene poca resistencia al dolor y tiende a ocultar la muerte y la enfermedad y, en ese afán, la ciencia es la herramienta para luchar contra la finitud y la decadencia del cuerpo: la ciencia como nuevo poder teológico. Los hábitos saludables, la prevención y las pruebas diagnósticas para detectar a tiempo algo que no se ha producido pero que se podría producir entran dentro de este terreno (en muchas ocasiones acertadamente, otras no tanto). En segundo lugar está la fantasía de la vida “perfecta” según los cánones establecidos por el mercado capitalista (una mezcla de belleza inagotable, una firmeza de los cuerpos, salud, juventud y diversión sin fin). Cuando en una vida normal hay algo que no se ajusta a la fantasía de vida ideal a la que se aspira (a la que nos dicen que tenemos que aspirar) se corre el riesgo de acabar medicalizando (y mercantilizando) la propia existencia. Tratamientos de belleza, anti envejecimiento o estéticos, fármacos contra la tristeza o para estimular el deseo sexual forman parte de esta carrera hacia la perfección. Por último, no podemos olvidar que en torno a la salud hay un negocio (con sus intereses, sus beneficios, su marketing) que empuja en una dirección que no siempre va de la mano con lo que necesitan las personas. El capitalismo trasforma a los sujetos en objetos de mercado y la medicina, como una parte de la sociedad de consumo, no escapa a la fabricación artificial de necesidades para transformar al sujeto en un paciente/objeto insatisfecho y ávido de consumir todo aquello que pueda hacer mejorar su situación.

En este contexto se enmarca la medicalización y/o psiquiatrización de la vida cotidiana, que consiste en patologizar lo no problemático y convertir así en pacientes a personas sanas a través de un método de actuación que se ha dado en llamar disease mongering (alarmismo, invención, mercantilización de enfermedades). Ya en la época de los setenta, autores como I.Illyich o G.Palmer se preocuparon por los cambios producidos en la definición y los  límites en algunas enfermedades que aumentaban la demanda en los servicios sanitarios y se refirieron a los beneficios económicos que hay tras ese empeño por fomentar la percepción de enfermedad y crear necesidad de consumo de medicinas para curarse. Según esto, podría entenderse que las compañías farmacéuticas son las principales protagonistas, pero los estudios señalan que no son los únicos. En este proceso también se incluyen a otros actores: los profesionales sanitarios y académicos, los gestores políticos del sistema sanitario, los pacientes y los medios de comunicación.

Medicalización de la mujer.

 

Dentro de la hipermedicalización de la vida cotidiana la mujer se encuentra en una situación de especial vulnerabilidad; su cuerpo, su estado de ánimo, su deseo etc. es diana de buena parte de los mensajes que tienden, en nombre de la medicina, a convertir situaciones normales en problemas de salud. Y ha sido así históricamente. A lo largo de los siglos anteriores, se consideraba que el estado natural de las mujeres era el de estar enfermas (física y psicológicamante): la mujer era vista como una víctima de la menstruación que se identidicaba con el desequilibrio y la amenaza. Del mismo modo, se tenía la creencia de que la conexión entre los sistemas nervioso y reproductivo hacía a las mujeres más inestables y vulnerables a la locura.

 

En la actualidad la medicina y la industria farmacéutica continúan tendiendo a convertir todo lo relacionado con el cuerpo y la vida de las mujeres en algo patológico. Y si añadimos a la ecuación el papel de los medios de comunicación de masas, nos encontramos con multitud de mensajes sobre cómo tiene que ser el cuerpo femenino, cómo hay que comportarse y qué productos se deben utilizar. Por otra parte, la autonomía económica cada vez mayor de las mujeres ha sido al mismo tiempo un factor que no ha pasado desapercibido para la industria farmacéutica que ha concentrado parte de sus recursos en el disease mongening “femenino”, por ejemplo: la tera reemplazo hormonal, la controvertida vacuna del papiloma humano, la píldora para abolir la menstruación o monotorizar la sexualidad para acabar hablando de una disfunción sexual femenina (medicalizable, claro).

 

Buena parte de los esfuerzos de la industria farmacéutica están dirigidos, por tanto, a consolidar el papel de la mujer como un ser entregado a la belleza, la proporción de placer sexual y la alegría permanente. La tristeza y la ansiedad, en muchas ocasiones fruto de unos ritmos de vida que imponen a la mujer una doble jornada laboral dentro y fuera del hogar, son tratados como incapacidades de la mujer para gestionar la situación y se recurre a los fármacos. En lugar de considerar enfermizo un determinado ritmo de vida y trabajo se considera enferma a la mujer por no poder soportarlo y por mostrar síntomas de agotamiento físico y psíquico. ¿Estar agotada o cansada es estar enferma? ¿Estar preocupada por una incertidumbre laboral es una depresión? ¿No tener ganas de fiesta se tiene que resolver con ansiolíticos? ¿No sería más sensato replantearnos qué nos hace sentir mal para intentar cambiarlo? Frente a eso se apuesta por el fármaco como forma de doping para poder competir en la vida moderna y la etiqueta que estigmatiza y a la vez hace pasiva a la mujer.

 

Quizá, como conclusión, cabe señalar que detrás de esta proliferación enfermedades y patologías en torno a la vida cotidiana de la mujer está el miedo: miedo a morir, a enfermar, a la tristeza, a no estar a la altura de las expectativas marcadas por la sociedad. Ante el miedo se reacciona para escapar del peligro y para mitigar la angustia. Si una mujer recibe una avalancha de mensajes alertando de peligros para su salud o informándole de que su normalidad es anormal (en lo sexual, en lo físico, en lo anímico) reaccionará buscando soluciones y las hallará en los mismos lugares en los que se difunden las amenazas. ¿Qué se puede hacer? El camino pudiera pasar por desactivar esos miedos, recuperar la responsabilidad sobre la propia salud física y mental, no abusar de los servicios sanitarios, rebajar las expectativas sobre la vida que esperamos tener, reconocer e informarnos sobre las limitaciones de la ciencia y relativizar la información, aprender a ser más tolerantes con las molestias de la vida que son inevitables e inherentes a cuerpos imperfectos y a vidas con un final. En definitiva, crear una nueva concepción de cultura médica en la que los ciudadanos asumiesen las limitaciones de la vida y tuviesen acceso a una información sobre su salud transparente y no interesada; una nueva cultura en la que tuviéramos la garantía de que detrás de un mensaje de alerta sobre nuestra salud hay de verdad una alerta y no la búsqueda encubierta de un beneficio económico.