Enterrar el vial, enraizar la lucha

La ciudad, ese espacio común, de creación, de contacto, pero por encima de todo: espacio de conflicto, de choque de intereses; donde las masas expulsadas del campo trataban de recrear sus espacios tradicionales de socialización, al mismo tiempo que se reconstruían a sí mismas en torno a esas ideas del barrio, el oficio, la clase…. enfrentadas a la otra cara de la ciudad: la de la utopía burguesa, la belle epoque, los jardines y el paisajismo. Sin embargo, estas dos esferas identitarias parecen resquebrajarse en los tiempos de la alta globalización y el espectáculo; con el movimiento de la producción industrial hacia terceros países presenciamos en Europa el paso de la producción en el espacio a la producción de espacio.

 

La ciudad deja de ser espacio para el encuentro, para convertirse en un bien en sí mismo, una mercancía con una marca sujeta a las mismas lógicas de mercado que cualquier otra. Una de las principales consecuencias de este proceso es la total desaparición de la posibilidad de una autonomía propia del vecindario. Todo aquello que no se adapte al catalogo de cómo el ayuntamiento y el sector urbanístico quieren presentar la ciudad será eliminado o recluido a los márgenes.

 

En el caso español, la mayor parte de los esfuerzos para atraer inversión se han centrado, especialmente en las zonas costeras, en el sector turístico; provocando en muchos lugares un incremento desmesurado de la urbanización que poco tiene que ver con una necesidad real de atender al aumento de la población o a la mejora de la calidad de vida de ésta, sino con los intereses económicos de ayuntamientos y empresas urbanísticas, provocando una destrucción y reestructuración de muchos barrios obreros y periferias rurales.

Santander es uno de esos lugares donde podemos presenciar y vivir claramente este proceso y sus consecuencias. El ayuntamiento y sus cómplices juegan a su antojo y beneficio con el diseño del terreno y de las vidas de sus habitantes; camuflando cada operación de lucro propio tras la cortina publicitaria del bien común y el enriquecimiento de la población. ¿Pero realmente sentimos que nuestras vidas mejoren o sean más agradables con estas actuaciones? Si no se nos hubiesen impuesto sin ningún tipo de consulta, ¿hubiésemos decidido llevar a cabo este tipo de reformas en nuestros barrios y pueblos, y por tanto, en nuestras vidas?

 

Este conjunto de operaciones de especulación urbanística, que nada tienen que ver con la mejora del bienestar social y económico de la población son perpetuadas en nuestro territorio por empresas como Copsesa, Dragados, Real de Piasca, Ayto. Santander S.A., etc. y afectan a diversas áreas de Santander, como en estos momentos los barrios Prado San Roque, El Pilón, Polio o los pueblos de Monte y Cueto.

 

Pero, ¿no deberíamos ser nosotras las primeras en decidir sobre la gestión de los espacios que habitamos, sobre nuestras casas y nuestros barrios? ¿No debería el territorio ser diseñado por los habitantes para los habitantes, y no impuesto desde un totalitarismo depredador? Por esto estamos hoy aquí, para juntarnos, para organizarnos, para reapropiarnos de nuestras vidas y territorios desde la fuerza de las personas unidas, de los barrios cohesionados, y para recordar que mientras el ayuntamiento no pare, nostras no podemos descansar.

 

¡Porque nuestras vidas no deben ser de nadie más que nuestras! ¡Porque mientras no nos dejen descansar en paz, no les vamos a dejar en paz!