«El amor líquido nos lleva a un "qué marca compro"»

Toda relación se tiene que basar en la independencia. Así lo sostuvo el filósofo polaco Zygmunt Bauman en un intento de definir los cambios que la sociedad líquida comportaba en las relaciones humanas. Bauman apuntó también los riesgos de esta apreciación: la independencia limita el contacto con los otros, debilita los puentes (‘Modernidad líquida’, 1999). La independencia construye puentes de cristal entre las personas: no deja que se cuele nada y, a la mínima tensión… ¡crac! Lejos de morir, la idea de Bauman nos ha acompañado en el mundo globalizado. La persona centrada en el Yo ha reforzado los caminos hacia la diversidad afectiva, pero a la vez ha enterrado la profundidad.

Brigitte Vasallo, activista, escritora –ha publicado PornoBurka y escribe en el digital Píkara– y teórica feminista, hace más de una década que se dedica a pensar las relaciones. Después de años de estudio y vivencia ha encontrado el arco por el cual se cuelan todas las desigualdades: la monogamia. El arco más notorio de Barcelona, el del Triunfo, es testigo de una larga conversación con Vasallo. Con Bauman como invitado improvisado y con el nuevo libro de la autora en el retrovisor, Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (2017).

–¿Son hoy en día las relaciones una mercancía, como sostenía Zygmunt Bauman?
–Me gusta que comiences por Bauman, porque tengo una espina clavada con él… precisamente por el amor líquido.

–¿Por qué?
–En el libro, Bauman no apunta el lugar de enunciación, desde donde se habla: la crítica del amor líquido la hace un hombre heterosexual. Representa solo una parte de las reflexiones y, no es que no deba tener su espacio, pero un conocimiento bien situado permite, a la larga, un caleidoscopio de experiencias más completo. Toda la crítica que hace sobre el amor en la contemporaneidad es lo que siempre había sido el amor para las mujeres heterosexuales, que eran tratadas como puros bienes. ¿El club de la mercancía? Bienvenido.

–Diríamos que los cambios que describe Bauman son correctos, pero solo para un género.
–Así es. Es cierto que se ha perdido la obligatoriedad en las relaciones, entre muchas comillas, y eso da a entender que tienes un pico de posibilidades. Pero fuera del amor romántico todo sigue siendo muy [alarga la ‘u’] extraño. Difícil de habitar. Y para hacerlo se siguen recibiendo violencias, aunque no exista ya esa obligación de vivir con una pareja de la manera clásica.

–Ha perdido fuelle aquella historia de estar toda la vida con alguien.
–Esa predisposición a estar con una sola persona ha acabado y, en cuestión de compromiso, la cosa también ha cambiado: vamos hacia el abismo; asumimos una idea de hiperconsumo, la idea que critica Marina Garcés de que “entras y sales de la vida de los otros como si estuvieses en un supermercado”.

–Con la deconstrucción del amor romántico se han abierto muchas posibilidades. Pero si se hace la revisión desde el capitalismo, ir hacia las relaciones débiles, frívolas o fluctuantes no parece buen negocio para el bien común. El sistema quiere destruir los lazos entre nosotros.
–Creo, incluso, que todas estas relaciones en las que caemos muchas de las personas que no tenemos relaciones monógamas son un paso más dentro del mismo capitalismo. Es resultado y deseo del capitalismo. Es el último éxito que le quedaba por conseguir al sistema. No somos los revolucionarios que a menudo nos creemos. Hace falta una crítica que muchas veces no hacemos.

–¿A qué te refieres?
–Somos las últimas víctimas: deconstruimos el amor romántico, sí, pero de paso desmontamos las estructuras amorosas y los vínculos de apoyo, que nos servían, precisamente, para hacer frente al capitalismo y a otras violencias. La pareja ha sido siempre un refugio, sobre todo para las vidas migradas, precarias o de deseos no heterosexuales. Estamos rompiendo todo eso, pero… ¿para construir qué? Mi ambición es que ampliemos los deseos, pero no desmontando las relaciones profundas y comprometidas porque sí.

Helena Roura ©

Es la segunda vez que charlo con Brigitte Vasallo. Eso no impide que me reciba con los brazos abiertos, estirados hasta un extremo que parece que se vaya a lesionar. El abrazo dura unos segundos: no son dos palmaditas en la espalda. Vasallo no pertenece al colectivo free hugs pero, en un mundo de listas y listas de amigos en Facebook, hay que cuidarse. Para comenzar, cuando se está cara a cara.

–¿La victoria del sistema sería que nos olvidásemos de los vínculos?
–Estamos en una encrucijada y lo que es mainstream está aún en la dinámica de lo mainstream, pero hay otras comunidades articulándose de otras maneras. No son fantasías filosóficas, ya que cuando se hace bien [ampliar los vínculos], se genera una red de apoyo, un espacio seguro en el que caer de este mundo. Y eso es una bomba de protección ante todos los ataques del capitalismo.

–La cuestión sería quedarnos con lo mejor de las libertades surgidas de la deconstrucción del amor romántico, pero a la vez con lo mejor del mismo amor romántico.
–Correcto.

–Nuestra generación ya está rompiendo, por ejemplo, con los círculos de necesidad que se generaban en las amistades de nuestros padres: círculos muy pequeños. Ahora encontramos afinidades en casas ajenas con más facilidad. ¿Falta hacer este paso en el amor?
–Sí, pero a mí, y perdona que huya un poco del tema, hay una cosa que me preocupa, la idea de que nuestras posibilidades son infinitas y, por tanto, siempre tenemos que estar preparados por si aparece una cosa mejor. Una persona mejor. La sensación es que hasta ahora alguien, por las razones que fuese, te parecía bien y establecías un compromiso de vida que pasaría por muchas etapas. Ahora estamos en un punto en que buscamos escoger lo mejor, pero sabiendo que hay tantas posibilidades, que saldrá de forma constante alguien mejor. Y, afortunadamente, ¡siempre aparece en la vida gente nos fascina! El problema es substituir los vínculos que ya tienes formados porque sí, comparar la persona o las personas con las que estás. Es claramente un qué-marca-compro. Y, en el fondo, hablamos mucho pero la verdad es que anhelamos tener una persona o personas que estén ahí para siempre. No está de moda decirlo, pero este ‘para siempre’ es reconfortante.

–¿Eso es una crítica por la crítica de algunos feminismos? ¿Cargarnos la idea de estabilidad porque sí? El problema no parece que sea la estabilidad, sino la dependencia…
–A mí en los vínculos me interesa mucho la construcción. Y lo visualizo como una casa. ‘Mira, no sé qué materiales tenemos, pero con los que tenemos construiremos lo que sea… Con tiempo, cuidado, reflexión conjunta’. Y eso no se puede substituir. A mi me gusta la idea de que los deseos son múltiples, y las relaciones también lo pueden ser. Pero las personas no se substituyen. Temas como la confrontación nos hacen mucho daño a todos los niveles.

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–¿La palabra exclusividad justifica las violencias? ¿Entendemos que los demás nos pertenecen?
–Así es, y el tema de la substitución no puede ser más perverso, porque hace que aparezca otro tema: la inversión. Pienso en los bancos. Cuando conoces a una persona y piensas en una relación larga con ella, entonces tu inversión, subrayo, inversión, es mucho más grande. Le pones más capital. En cambio, en una noche de sexo en un bar… ni cuidado, ni estima, ni nada. Y no, ¡no hablamos de bancos o de mercado! Es muy diferente pasar una noche de sexo con alguien que te está cuidando que con alguien que no. El cuidado te hace sentir como una persona y no una mercancía. Y no hablamos de qué tipo de sexo estamos teniendo… porque da igual, puede ser BDSM [serie de prácticas y aficiones sexuales llamadas extremas]. Y eso no quiere decir ponerlo todo, todo el rato, con todo el mundo. Pero hay personas que están instrumentalizando de forma gore a los demás. Y eso genera un desastre en el mundo.

–¿Cómo ha variado la idea de exclusividad en la modernidad y la posmodernidad?
–Eva Illouz ha trabajado mucho la exclusividad. Hace un recorrido interesante; habla de cómo se construye el amor romántico desde el cambio de registro en el siglo XIX, cuando las relaciones dejan de estar decididas por el entorno, encaje de clase, y pasan a ser una elección personal. Un avance que explica cómo el capitalismo fue montando la idea de individualidad también en este ámbito. En la época actual ha llegado a tal punto que, cuando escoges a una persona, parece también que rechaces a otra [coste de oportunidad]. Cuando me dices que no puedes ir a tomar un café conmigo, también parece que me rechaces, ¡y no! Yo el error lo veo en la manera en que se define la monogamia.

–¿La monogamia?
–La monogamia no tiene nada que ver con que tengas solo una pareja, es un sistema de jerarquización. ¿Por qué? La exclusividad determina cosas que algunas personas quieren, pero solo algunas pueden tener. Un cólico nefrítico lo puede tener todo el mundo pero nadie lo quiere, eso no es exclusivo. Según qué coches, teléfonos… o parejas, sí. Cuando hay mucho capital sexual o social, conseguir según qué te da una marca de clase, y cuando tienes esta marca no la quieres perder: solo puede ser para ti, o perderá el entramado jerárquico. Este pitote hace que hablar de amor parezca frívolo, pero no, porque es precisamente romper con esta jerarquía, con esta exclusividad, lo que finalmente implicará acabar con los feminicidios. Como yo entiendo la monogamia, se acaba incluso el problema de las fronteras. Desde nuestros cuerpos, desde nuestras casas, se articula el resto. Se acaba con los privilegios.

–¿Cómo?
–Esta manera de relacionarnos en la cosa romántica, exclusiva, de confrontación y jerárquica, es la manera de relacionarnos con una pareja, pero se traduce a los grupos. La manera en que construimos una pareja o un Estado-Nación es la misma. Nuestras parejas son el laboratorio en el que construimos súbditos monógamos. La manera en que te posicionas ante la realidad se inocula a través de nuestras relaciones sexo-afectivas.

–¿Cuál es la clave para hacer más justas estas relaciones colectivas?
–[Piensa] A Audre Lorde le discuto esa idea de que “las herramientas del amo no sirven para tumbar la casa del amo”. No, sí sirven. Pero para lo que no sirven es para construir una cosa diferente. Luego, nosotros podemos utilizar las herramientas del sistema para romper con el sistema romántico, pero no podemos construir con ellas otra cosa. Con casas, el ejemplo está claro. Pero nosotros no nos podemos sostener en un espacio fuera del patriarcado o del capitalismo, por lo que tenemos que construir-deconstruir simultáneamente. Y tenemos que renunciar a las herramientas o combinarlas. Y si queremos remontar el sistema, hay que encontrar nuevas herramientas.

–¿Cuáles son?
–Pasa por el género. El sistema sexo-género binario permite la monogamia y la exclusividad. Si no ponemos en cuestión el género, no podemos generar nada que no sea confrontación. El género se tiene que desmontar, de la misma manera en el ámbito global se tiene que desmontar el racismo para acabar con la alteridad grupal (la idea de los otros).

–Sigue siendo un salto al vacío navegar entre géneros y fuera del amor romántico.
–La mayor parte de la población, la mitad, ya vive en relaciones de este tipo, porque la mayoría vive en un régimen de heterosexualidad. Los hombres han sido alimentados para ser infieles, los hombres han sido articulados para alimentar la masculinidad por medio de la infidelidad. ¿Cuál es el cambio?

–De nuevo, un elemento exclusivo de género.
–De todas maneras, aunque el abanico se haya abierto, las violencias que recibimos las mujeres no monógamas son más. Porque ya verás como tendré tíos acosándome en Internet por esta entrevista: si fuese un tío quien plantease lo que estoy diciendo, todo el mundo se lo tomaría muy en serio. El slut shaming [neologismo utilizado para describir el acto de culpar a una mujer aludiendo a comportamientos o deseos sexuales diferentes de los ortodoxos] sigue operando, hay zorrafobia. Además, en regímenes de heterosexualidad la edad es un marcador letal. Mira en los grupos poliamorosos como los tíos cada vez tienen parejas más jóvenes, y las mujeres cada vez menos. Eso de que las mujeres pueden hacer lo mismo que los hombres… Por eso, si no deconstruimos el género, nada. Con las relaciones no monógamas nos tenemos que replantear el mundo, porque si el único sentido es ver cuánta gente puedes consumir en un fin de semana… no vale la pena. El potencial transformador de las relaciones no monógamas es que hagan cambiar cómo nos relacionamos entre nosotros.

–Pesa la cantidad: una idea muy sistémica también.
–Desmontar la monogamia no tiene que ver con cuántas personas follas, no. Y es que parece que con solo una única pareja ya no puedas entrar a las okupas. Tú puedes tener pactos de exclusividad sexual, no emocional, porque las emociones no entienden de pactos (¿Cómo se controlan las emociones?), y seguir desmontando la monogamia. Puedes estar solo y desmontarla. Puedes tener setenta amantes y generar monogamia con cada una de ellas. Pero nos meten en la cabeza la cantidad, que solo deja cadáveres afectivos por el mundo. Nos tenemos que acompañar.

***

Más que en una silla, Brigitte Vasallo parece sentada en una mecedora. Mientras sostiene un café (se ha tomado dos al final; cada día se levanta a las cinco para poner el punto final a Pensamiento monógamo, terror poliamoroso), se reclina hacia adelante y hacia atrás según su rol en la conversación: paciente escuchadora o entusiasta entrevistada. Como en las relaciones, en un diálogo, el poder se ocupa. Y si se quiere que la cosa fluya, hay que saber cuándo ceder.

–Acabar con la monogamia es acabar con la desigualdad, entiendo. ¿Cómo se mitigan las situaciones de poder que generan desigualdad pero dentro de las relaciones?
–El poder no es una cosa que se tiene, es un lugar. Y creo que existirá siempre. Pero hay un poder muy grande y también uno micro. En este mesa se están dando situaciones de poder, pero podemos analizarlas, hablar sobre ellas…

–¿Por qué el sexo sigue marcando la idea de fidelidad? ¿No es infidelidad desatender, no dar cuidado?
–Si tú te vas al trabajo o a jugar a pádel con los amigos, no pones en riesgo a tu pareja.

–¿Pero eso no es porque el sexo sigue en el centro?
–Por mucho que digamos que no, con el sexo, habrá una substitución. Son tus tripas, tus afectos, lo que substituirá a tu pareja. No es una cosa racional, es una cosa que hace que se me mueva el cuerpo. Y como no sabemos qué hacer con el cuerpo, ¡pam! Sentimos terror por una pérdida real y posible por culpa de este sistema. Y, o el entorno está muy trabajado, y por mucho que se te muevan cosas no pasará nada, o no puedes estar tranquila. Las tripas se mueven y el sexo es la bisagra, porque nos han enseñado a que así sea.

–¿El trabajo no puede estar en el centro? La precariedad nos esclaviza y nos substituye más que nada…
–El globo, la droga amorosa del sexo, a mi no me viene escribiendo un artículo. [Ríe]

–¿Pero no te viene teniendo una buena conversación?
–Tú no substituirías una pareja por alguien con quien solo hablas.

–Quizá sí.